Léeme!: Bienvenido a las Crónicas de Ávalon Esmit. Antes de nada, comentarte que ésta historia pertenece a una Saga o Conjunto de Historias cuyo eje principal son éstas Crónicas, compuesta por tres Libros: Semiya, Siembra y Revolución. Con el tiempo, los medios y los fondos necesarios iremos exponiendo otras secciones y blogs para completar todo éste Universo con Historias como La Guerra de Arturo, Relato de un Atrapado o 30 años de Oscuridad. Si decides embarcarte en la aventura, deberías empezar, evidentemente, por el principio. En la columna de la Derecha dispones, en orden cronológico, de todos los capítulos y entradas, comenzando la Novela con La Nota del Autor: Tres Frases para Explicarlo Todo. En el cuerpo principal del Blog iré subiendo los diferentes capítulos, estando siempre el último en la parte de arriba y los anteriores justo debajo. Para terminar, comentarte que tienes la versión del blog para el móvil y, sobretodo, si estás impaciente o si quieres contribuir o patrocinar a un servidor, que por ahora no puede vivir de ésto, puedes acceder a la Librería y comprar éste Libro u otros Cuentos y Relatos, o entrar en La Sastrería y hacerte un cuento a medida

martes, 20 de septiembre de 2011

Capítulo 13



            Escucha atentamente, pues en estos días oirás palabras prohibidas. Las palabras que saldrán de mis labios jamás deberán traspasar lo tuyos. Como presos peligrosos recluidos en oscuras prisiones, las dejaremos pasear bajo la luz de la verdad, pero sólo en esta habitación y pocas horas al día. Después... regresarán a sus celdas, en nuestros mudos corazones, pues allí deben quedar. Recuérdalo, Jonás, son peligrosas, pueden provocar caos y desgracias; más de lo que puedas imaginar. Escúchalas y cállalas después, tu vida y la de muchos otros va en ello.
            Algún día, puede que algún día sean libres.



            Al principio era el ruido y el ruido era voz. Y en ese ruido, grito, mugido, gemido habitó el hombre durante siglos. Estructura núcleo, sencilla, básica que salía de gargantas vírgenes con el único fin de establecer la más elemental de las comunicaciones. Comunicación prácticamente animal. Ruido ante el peligro, ruido ante el miedo, ruido ante la victoria, ruido ante la alegría. Eso era todo y todo era eso. Y eso estaba bien. Quizás la más justa de las comunicaciones; seguro, la más sincera. Es posible que la perfección empezara su ocaso en aquella Era de la historia, pero aquella época, la de los ruidos y las piedras, pudiera también ser la más ideal de todas las épocas. Pues aquello era semiya, y semiya es esperanza.
            Mas aquél hombre o protohombre creció, estiró su espalda, levantó la cabeza y, con él, el ruido, que se estilizó y se limpió. Ese ruido evolucionó y se procreó; copuló con la Necesidad, al igual que el hombre, pues sino el silencio reinaría nuevamente en la tierra y acabaría con las conquistas del Ser Racional.
            Necesidad… necesidad de narrar hazañas, de contar anécdotas, de elaborar estrategias, de explicar fenómenos, dolores, alegrías... Necesidad por comunicarse de una forma más completa; fue la hierba que creció exuberante en aquella primera primavera.
            Pero la necesidad también engendra abrojos, pues en la necesidad no cabe la libertad, sino la cizaña, mala hierba que en aquella verde primavera creció junto a la Palabra, y con ella... la mentira.

            Puede ser grito o gemido, pero el ruido no engaña, no maneja; puede gobernar, pero no esclavizar. Con las palabras, Jonás, llegaron los oprimidos. Nadie controlaba aquella cascada, aquél río que fluía por toda la tierra haciendo Señores y esclavos.
            En aquella época, la que ahora llamamos “Era Prima o Era del Aprendizaje”, buenos hombres crearon obras buenas; grandes hombres dijeron grandes palabras; pero sobretodo, Jonás, hombres terribles hicieron cosas terribles. Los hombres se mataban por un trozo de tierra. Los hombres se mataban por las ideas de sus reyes. Los hombres se mataban por un trozo de pan. Los hombres se inventaban leyes, orígenes, ideas y las empuñaban como arma contra todo aquel que no las compartiera. Y se sucedieron luchas y conquistas de unos sobre otros, de los fuertes sobre los débiles, dejando a su paso un reguero de sangre y destrucción por lo que la Tierra aún gime de dolor.

            Sí, Jonás, fue una época terrible, pero precisamente por lo terrible que fue, por lo que los hombres de bien tuvieron que sufrir, algo consiguió florecer sobre aquel campo ensangrentado. Una vía de escape o, quizás, un intento por comprender todo ese doloroso mundo, surgió y comenzó una lenta y pacífica conquista: La Civilización. Las personas comenzaron a juntarse para profundizar más en su forma de comunicarse, se aprendió a escribir, a estudiar, a pensar y filosofar. Se observó la naturaleza y se intentó explicar con certeza. Se observó al hombre y se intentó comprender. Se observaron los corazones y se buscaron respuestas. Se inventaron herramientas, máquinas primarias, medicinas, leyes... Todo cosas buenas.
            Pero el hombre quería más. Se idealizaron las ideas, se enloquecieron las filosofías y se tiranizaron los gobiernos. El hombre fue víctima de su propio orgullo y de su impaciencia. Llegó un momento en que se creía que aquellos que poseían más conocimientos eran más inteligentes. Se llegó a creer que aquellos que tenían más conocimientos también tenían más derechos. Así que aquel mundo se dividió de una forma injusta. Los Sabios, Inteligentes y Letrados, junto a sus familias se volvieron ricos y gobernaron; y los ignorantes... simplemente fueron pobres y oprimidos.

            Pero hubo algo que cambió el rumbo de la historia. Si, Jonás, hubo un héroe, un héroe que consiguió sacar a este mundo de la oscuridad. Un héroe que llevó al pueblo oprimido a levantarse y luchar. Sí, Jonás, el Libro[1]. Porque el libro fue el alimento, la manta y el arma del pobre. El libró llevó al desgraciado a comprender el origen de su desgracia; llevó al abandonado a encontrar compañía, llevó al perdido a soñar con su hogar y llevó al pobre a descubrir quien se quedaba con su sudor.

            El libro, Jonás, consiguió, en los últimos siglos de esa Era acabar con la oscuridad. Provocó un alzamiento encarnizado de los pobres y oprimidos contra los ricos, opulentos y pedantes. Los Oprimidos supieron qué era la Libertad. Los ignorantes aprendieron qué era la Dignidad. Los pobres pudieron, al fin, poseer y compartir la Igualdad.

            Cerca de cuarenta mil años habían pasado entre los primeros ruidos hasta los primeros Libros. Hacia el final de esa Era Prima tan oscura, hubo un hombre que dijo: “La Verdad os hará Libres”. Ese hombre era pobre, muy pobre. Lo mataron. La verdad, Jonás... la verdad es que la palabra no es mala, no es peligrosa; malos y peligrosos somos los hombres, que nunca hemos sabido y nunca sabremos cómo utilizarla.


[1] Por libro entiendo todo el proceso que llevó la aparición de la Imprenta. Los pobres podían “comprar” conocimientos. Con los libros se podía enseñar a los pobres, etc. N.A.

Capítulo 12


            - Señor Amittay, usted bien sabe que esta sociedad no es del todo justa. Nunca lo fue y no lo es ahora. Yo quiero luchar contra eso. No puedo ni comprender ni aceptar que personas con talento, con facultades, con inteligencia, por el simple hecho de pertenecer a un gremio o a una estirpe, queden condenadas al ostracismo. Su padre fue un gran hombre y los grandes hombres cometen grandes errores, usted bien lo sabe. Solomon Esmit cometió graves errores, pero siempre acertó en la finalidad de su idea. Quería lo mismo que quiero yo. Que todos y cada uno de nosotros podamos elegir nuestro destino y, para eso, que todos tuviéramos las mismas oportunidades. Donde falló el abuelo de Jonás fue en el método, en la forma anárquica y pasional con la que quiso convencer o, más bien, chantajear a la Asamblea. Su impaciencia y también su admirable obstinación, su abnegación por su causa aun a costa de su familia, fue su perdición. Pero usted ya sabe todo esto. Suelda los mamparos y seguramente odie a su padre por ello. Pero luego llega a casa, ve a su hijo, un chico voluntarioso, listo y atrevido y... recuerda el sueño de su padre. Usted sabe que en el fondo llevaba razón. Jonás estaba abocado a la atmósfera zero. A la expansión pulmonar. Al sabor amargo del Oxigeno adulterado. A un salario de grado uno. A familia unifilial. Amittay, usted tiene el corazón destrozado por saber todo esto, porque ya lo ha vivido.
            Winston guardó un prolongado silencio. Pudo ver en el rostro descompuesto de Amittay la aprobación resignada de sus palabras. Jonás miraba a ambos e intentaba entender lo que  Winston había dicho de su abuelo. Winston, dando unos pasos, se dirigió a su mesa, cogió un MDisc y, con las manos cogidas y las piernas cruzadas, se apoyó sobre la mesa de madera.
            - La Asamblea ha aprobado un proyecto que durante muchos años llevo preparando. Su nombre en clave es Proyecto Rousseau. Al fin, hace escasamente un año, me dieron luz verde. Desde entonces ando buscando a un joven que reúna ciertas condiciones sociales y que posea unas aptitudes especiales. Hasta ayer mi búsqueda había sido frustrante. La escasez de jóvenes aptos, imaginativos y despiertos es altamente preocupante, pero eso no hace más que confirmar mi teoría. Pero aquí está Jonás—y Winston, señalando con la mano a Jonás, volvió a sonreír después de mucho tiempo. —El es ese chico que yo buscaba. Un chico cayado y pensativo, dado a los paseos en vez de al flybal, aplicado en el instituto, que se intriga por aquello que desconoce, que se atreve a investigar y que llega hasta mí por simple casualidad. Sólo necesito su aprobación, señor Amittay, y Jonás tendrá acceso a la mejor Universidad Global, la de Nínive, para poder desarrollar sus facultades y afrontar la vida y este mundo injusto con las mismas oportunidades, dificultades y facilidades que los ricos pueden dar a sus hijos. Sólo su huella grabada en este documento—y Winston alzó el MDisc que había cogido.
            - Pero antes, señor Amittay, debe saberlo todo. Quiero que entienda todo lo que conlleva el Proyecto Rousseau, pues debe saber que tendrá cierto precio, no monetario, sino familiar. Para que el proyecto transcurra de una forma natural y poder así demostrar las hipótesis que plantea, debemos desligar a Jonás de su estatus social, de su posición económica, de su educación marginal y... de su familia.—Amittay levantó rápidamente su mirada. Sus ojos se clavaron en Winston. Jonás, a su vez, miró a su padre pareciendo no comprender que quería decir Winston.
            - Sí, Señor Amittay. Sí, Jonás. El precio que tenéis que pagar será estar cinco años sin poder veros y teniendo tan solo la dispensa de tres conexiones. Ese es el precio de tu libertad. El precio de tu futuro más allá de las soldaduras. Para que el Proyecto Rousseau tenga sentido, el joven en cuestión debe ingresar de forma anónima en la sociedad.  Sabiendo los orígenes pobres y obreros, sabiendo su procedencia orbital, conociendo la verdadera identidad de Jonás, todas aquellas puertas que debe abrirse le cerraran sin preguntarle siquiera. No podrá estudiar en igualdad de condiciones. Los profesores no aceptarían su procedencia o le tratarían de distinta forma. No podemos permitir que esto ocurra. Debe ser uno más y, sabiendo que Jonás es el hijo de un obrero de Bloque, que ha vivido en la pobreza, que su familia no es más que una más del Túnel, Jonás sería, con casi total probabilidad, marginado por sus compañeros de estudios, por sus profesores y por la sociedad de Nínive. Esa es la verdad, y contra eso estamos luchando. Contra esa injusta marginalidad que ciñe su lazo en el cuello de los desfavorecidos.—Amittay estaba hundido en su sillón. Escuchaba cada palabra de Winston y se convencía a sí mismo que el precio a pagar era extremadamente alto; pero también comprendía que no había otro medio
            --Señor Amittay, quiero hablarle ahora de los beneficios. Pues también los tiene. Si el Proyecto Rousseau transcurre por los parámetros establecidos, si Jonás avanza de forma normal en sus estudios, si conseguimos que Jonás se licencie, y si después de licenciado, durante dos años más demuestra su valía de igual a igual en la profesión que elija, la Asamblea Global dará luz verde a una nueva ley, a la Ley de Derecho educacional. Señor Winston, esta ley es mi sueño y fue el sueño de su padre. Esta Ley implantará un nuevo sistema educativo que será estrictamente controlado y supervisado, pero que ofrecerá a cualquier chico, la misma educación allá donde esté. Aunará las dos corrientes establecidas, la educación práctica del obrero y la educación teórica del Licenciado. Su hijo se convertiría en un pionero. Por decirlo de una forma, de un liberador. El precio es alto, Señor Amittay, pero la recompensa, un mundo más justo, es mucho mayor.
            >>Ya lo sabe todo, Señor Amittay. Solo queda por decirle que para no hacer demasiado drástico el paso, lo primero que haremos será preparar a Jonás. Yo mismo le impartiré las clases necesarias, le enseñaré lo que debe saber y le ayudaré a formar su cabeza para superar sin problema alguno el examen de aptitudes. Tendrá la misma preparación que cualquier chico de Nínive. Por otro lado, sabiendo que es muy difícil separarse de su familia, como ya les he dicho, a Jonás se le permitirán tres conexiones, una por año los tres primeros años, pero ninguna en los dos últimos años del proyecto. Trascurrido ese tiempo y una vez que se resuelva la aceptación o no de la Ley, Jonás podrá retomar el contacto de la forma en que desee. Incluso llevándoles a ustedes Nínive, junto a él. Solo cinco años. Cinco años sin ustedes, pero sepan una cosa, Jonás nunca estará solo, de eso me encargaré yo.
>>Ahora, Señor Amittay, es el momento de decidirse. Aquí le dejo esto—Winston metió el Mdisc en un lector—Contiene todos los permisos necesarios y la documentación pertinente para el ingreso de Jonás. También incluye la asignación económica para Jonás y, lo más importante, la nueva identidad de Jonás, con su pasado falso y su procedencia falsa. Lo único que falta es su huella.—Winston se dirigió a la puerta.—Les dejaré ahora un rato solos. Hablen y decidan qué es lo mejor para Jonás.—Winston abrió la puerta.
-No hace falta hablar nada—dijo de pronto su padre.—Usted lo ha dicho—Amittay se levantó, miró a Winston seriamente, después miró a su hijo.—Es lo mejor—Y Amittay posó su dedo sobre el lector.
-Papa...

***


Estaban solos. Amittay se había marchado con paso decidido y silencioso. Solo le importaba saber que su hijo podría ser feliz, Lejos del Bloque 2, lejos de su Túnel, Lejos del Anillo Orbital.

            El silencio, aliado con aquella niebla de olor agradable que aún persistía, envolvió el despacho. Allí estaba Jonás, sentado todavía en la butaca, confuso, perdido, sorprendido, asustado, esperando, simplemente esperando palabras que rompieran aquel eterno, muy eterno silencio.
            Winston estaba de pie delante de uno de los grandes ventanales. Callado, pensativo, mirando al suelo, con un brazo sobre el pecho y con el otro acariciándose la barbilla. Finalmente alzó la mirada; traspasó con sus ojos los cristales y viajó trescientos kilómetros por el espacio. De pronto, dando media vuelta, miró fijamente a Jonás.
            - Jonás, trae esa butaca aquí—Jonás se sorprendió. No reaccionó.—¡Vamos!—le instó Winston.
            Jonás obedeció. Cogió la butaca y la arrastró hasta Winston. Éste, sujetándola por el respaldo, la colocó mirando al exterior.
            - Ahora siéntate.
            Jonás, mirando extrañado a Winston, se sentó lentamente.
            Allí, inmenso, entre sus vapores, aquel ente submarino, aquel leviatán obsesivo se mostraba en plenitud; se dejaba acariciar, se dejaba tocar... se dejaba cazar. Era La Tierra.
            La magia robó unos segundos a la palabra e hipnotizó a aquellos dos pescadores.
            - “Quien tenga oídos, que oiga”—dijo pensativo Winston.—Alguien lo dijo una vez, Jonás, y casi nadie le escuchó—hubo un silencio.—Jonás, es preciso que tú me escuches.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Capítulo 11


- Tenemos una cita con el Oficial Winston—dijo Jonás al Oficial del mostrador central.
- Sus manos, por favor—les indicó éste con un movimiento vago en dirección al lector.
Jonás y Amittay posaron sus manos en sendas pantallas de plasma. Una luz verdosa y un pequeño cosquilleo recorrió las palmas de sus manos.
- Suban a la última planta, allí les recibirán—dijo el Oficial confirmando la visita.

Jonás se adelantó con algo más de ánimo que su padre que, como un viejo perdido y titubeante, seguía la estela de su lazarillo. Entraron en el elevador y Jonás pulsó la planta quince.
Con cada metro que Amittay ascendía, su inquietud se hacía más visible. Jonás, mirando a su padre, por segundos se vio a sí mismo y luchó contra aquello; luchó por que vio en los ojos de su padre el miedo a lo desconocido, con esa mirada temblorosa, con esas manos retorcidas, con esa frente sudorosa él también había subido el día antes. Aquella visión desdoblada y reflejada de sí mismo le produjo una lástima terrible, cierta amargura ante cierta cobardía asomada y, sí, por que no, en lo profundo de su alma... algo de odio. Odio a esa sensación claustrofóbica producida por aquel inmenso espacio que era su ignorancia y por ese pequeño y oscuro agujero que era su verdad. En los instantes de elevación mecánica, electromagnética y espiritual, en los segundos donde una caja de cristal encerraba a dos seres sumamente traslúcidos y los llevaba al templo de la palabra prohibida, Jonás sintió con fuerza el choque de dos sentimientos. El miedo que brillaba en los ojos de su padre, como los de un animal encerrado o llevado fuera de su selva, ese terror a lo desconocido nunca le dejaría ser un ave libre, mas allá de los metales. Percibió con dolor que su padre jamás podría elevarse por encima de la planta quince. Percibió con tristeza que su padre jamás escaparía del bloque dos, que jamás dejaría de soldar los mamparos del bloque treinta. Por muy lejos que le llevaran de allí, a la Luna, a Ninive o Jericó, Amittay era un animal orbital, sector Hispania. Eso era todo, con todo lo que es eso.
Pero Jonás... Jonás se sintió ascendido a las alturas de Casiopea, a la nebulosa de Orión, más allá, por el simple hecho de saber que lo que arriba esperaba era la sonrisa eterna de Yedra, la amabilidad y la mano rechoncha de Winston. Eso era todo lo que esperaba a su padre. Se sintió seguro, importante, tranquilo. Él ya conocía lo que su padre ignoraba. El ya sabía dónde iban. Y esto le hacía más libre que a Amittay. En esa sensación habitó durante algunos segundos y alcanzó al fin la respuesta que buscaba. Lo único que le diferenciaba de su padre era una sola cosa: Jonás no tenía miedo, Jonás conocía la Verdad.
En aquel elevador acristalado se juró a si mismo no llegar a ser como su padre. Juró rebelarse contra todo aquello que hace ser al hombre un autómata acobardado: Decidió rebelarse contra la ignorancia.

La alerta de llegada sonó despertando a Jonás de sus pensamientos. Mirando a su sudoroso padre posó su mano sobre su hombro y apretó levemente.
- Tranquilo padre, son muy amables, ya verás.
La segunda alerta, la de parada, chilló y Amittay se sobresaltó ligeramente. Las puertas se abrieron.
Allí estaba Yedra, siempre sonriente, esperándoles delante del mostrador.
- Buenos días señor Amittay—saludó encantadoramente.—Buenos días, Jonás.
- Buenos días—contestó Jonás.
- Buenos días—murmuró Amittay.
- El señor Winston les espera en su despacho, pasen—les invitó mostrando el camino con su delgado brazo.
- Gracias—dijo Jonás avanzando.
- Si necesitan ustedes algo...—les dijo acompañándoles unos metros—Agua, café... Lo que sea.
- No gracias—contestó Jonás sonriente.
- ¿Señor Amittay?—preguntó Yedra mirándole.
- No... no, gracias señorita—respondió el padre eludiendo la mirada.
- Bueno Jonás, ya sabes el camino, ¿verdad?—y Yedra se paró.
- Sí, gracias Yedra.
Padre e hijo, ya solos, avanzaron por aquel pasillo eterno. Amittay volvía a estar inquieto y se retorcía las manos. Jonás, cogiéndole, una vez más, suavemente del hombro, le guió con su tranquilidad.
- Es aquí—Jonás se paró frente a la puerta del despacho. Mirando a su padre, con un gesto cariñoso le arregló la chaqueta.
- Padre, tranquilo, es un buen hombre—Amittay, como obedeciendo a su hijo, respiró profundamente e intentó relajarse.
Jonás llamó, pero no se atrevió a abrir la puerta. Prefería esperar algún tipo de contestación. Pasaron unos segundos. No escuchó nada. Esperó. Solo silencio. Esperó más. No quería volver a llamar. ¿Y si no lo había oído? Podría esperar un poco más. Silenció.
Un ruido seco y metálico sonó en la cerradura. La puerta se abrió bruscamente. El señor Winston estaba tras ella. Agarraba el tirador con una mano y en la otra sujetaba un extraño y pequeño objeto en forma de ele. Una especie de cilindro que en su parte más alargada era estrecha y lisa y tras la doblez, se ensanchaba formando un cilindro mucho mayor con curiosos relieves.
- ¡Jonás! ¡Ya estáis aquí!—Winston miró su reloj sorprendido—¡Bien, bien, bien! Entrad, entrad—les invitó echándose a un lado.
- Señor Amittay...—dijo una vez cerrada la puerta—Soy el Oficial Winston—tendió sonriente su rechoncha mano. Amittay, dubitativo se la estrechó débilmente.
- Encantado...
- ¡Jonás! ¿Cómo estás hoy?—Jonás estrechó con firmeza la mano de Winston.
- Venid por aquí, sentaos—Les ofreció. Fueron tras él y se sentaron en los butacones del centro de la sala. En el aire flotaba un extraño aroma. Un olor a cierta sustancia quemada, un agradable olor que se deslizaba por todo el despacho. Jonás lo percibió y mirando a su alrededor observó como cierta neblina suave se movía lentamente por el techo.
- ¿Se ha quemado algo?—preguntó Jonás aprovechando para romper el hielo.
- ¡Oh, no, no!—sonrió Winston. — Es...—dijo alzando el extraño objeto. —Bueno, da igual—con un gesto de su mano libre quitó importancia y con la otra depositó el objeto en la mesa.
Padre e hijo miraron por segundos el objeto. Luego, Amittay bajó su mirada esperando y Jonás miró a los ojos de Winston.
- Señor Amittay—comenzó Winston. Jonás miró a su padre, pero milésimas de segundos antes le pareció ver que Winston le guiñaba un ojo.—He querido que venga usted también porque todo esto debe una explicación—Amittay miraba confuso.—Bien, bien, bien... Este chico es un curioso. Mi padre me solía decir que la curiosidad mató al gato...—Amittay pareció alarmarse—Pero no es el caso. En la Cafetería Navío saltó una alarma federal de grado uno, eso significaba que de cierta forma se estaba intentando acceder a información Comunitaria restrictiva, información sobre seguridad federal a la que no se puede acceder sin ciertas etiquetas y protocolos que son supervisados...—Winston paró lentamente. Amittay, con los ojos semicerrados intentaba encontrar alguna frase que pudiera entender. Winston comprendió.—Bueno, Señor Amittay, esto que le digo es palabrería. En resumidas cuentas, lo que ocurrió es que, por casualidad o error, Jonás buscó una palabra que coincidía con cierta clave de Seguridad Comunitaria. Eso está prohibido y es un delito—Amittay se puso tenso—siempre y cuando esa búsqueda pretenda algún fin malicioso. Pero éste no es el caso. Cuando me trajeron a Jonás y pude entrevistarle, enseguida me percaté de que todo era un error. Simple curiosidad de un chico despierto. Eso es todo. Ni delito ni castigo—y Amittay respiró tranquilo.
Tras una breve pausa, Winston se acomodó en la butaca y continuó.
- ¿Sabe? Mi padre también me decía que el destino está escrito en las estrellas y es imperturbable. Me dediqué durante mis años de juventud a averiguar si la primera parte era cierto... ¿Y sabe a qué conclusión llegué? Que mi padre sólo tenía razón en la segunda parte. Las estrellas son estrellas, nada más. Da igual que el ascendente de Orión coincida con la Luna en tu nacimiento, nada aportará ni a tu comportamiento ni a tu carácter. Las estreyas están ahí, eso es todo lo que hay que saber y eso es todo lo que se sacará. Pero, sí, creo que mi padre tenía razón en algo, creo que el destino está escrito, en alguna parte, que por cierto todavía no he encontrado, y que como las estrellas, es imperturbable. Eso sí que lo creo.—Amitay volvía a estar perdido entre tantas palabras—Señor Amittay, llevo años buscando a alguien, a un chico de procedencia humilde, que tenga una cabeza despejada y despierta, que reúna ciertas facultades... Y todo para poder demostrar algo a ciertos entes federales que se obstinan en ideas obsoletas. Cuando más alejado me encontraba de cumplir mi plan...—Winston, callado, miró unos segundos a Jonás—Apareció su hijo. Le entrevisté y me llené de ilusión al ver su inteligencia y sagacidad, así que decidí mantener otras entrevistas con Jonás. Nada más irse ayer, recopilé toda la información disponible sobre Jonás. No es mucha, las personas de su clase económica no suelen generar muchos informes, pero entre aqueyos datos que conseguí apareció algo. Apareció un nombre. El nombre de alguien que siempre admiré. El nombre de alguien que nunca olvidaré—Amittay pareció inquietarse—porque me enseñó cosas que me abrieron los ojos. Fue mi profesor y mentor en la Universidad Global de Nínive. Ese nombre es el del abuelo de Jonás. El profesor Esmit. Solomón Esmit.
Los ojos de Amittay cobraron vida brillando como centeyas tras escuchar ese nombre. Jonás quedó perplejo, nunca antes había escuchado tanto sobre su abuelo. Nada sabía de él y nada sacó nunca a su padre. Como el fantasma, ese nombre casi olvidado resurgía de la muerte y agitaba sus pasiones revolviendo el polvo de un pasado prohibido y amargo.

domingo, 24 de julio de 2011

Capítulo 10


 (Todos los Lunes trataré de publicar un nuevo capítulo)


- ¡Jonás, despierta! ¿Que has echo?

Eran las nueve y media de la mañana. La voz yegaba desde las lejanas tierras de la realidad. Como un eco, retumbaban en sus sueños esas palabras. <<¡Despierta>> <<¿Que has hecho?>> Jonás era zarandeado con impetu. <<¡Vamos!>> Al fin Jonás consiguio despegar los ojos. Habia dormido a penas cuatro horas. Peleando con sus parpados para que no cayeran de nuevo, se incorporo y vio a su padre.
Amittay, de pie junto a la cama, miraba seriamente a Jonás.
- ¿Que... Que pasa padre?—se desperezo Jonás.
- ¿Que has hecho?—dijo con cara de preocupacion.
-¿Que? No entiendo...—contesto Jonás.
- Acaba de yegar una notificacion urgente para que vayas a la Oficina Federal Zero a ver a un tal oficial Winston... y yo tengo que acompañarte.
-¡Winston!—recordo Jonás incorporandose de golpe y con el corazon acelerado.
- ¿Quien es? ¿Le conoces?—pregunto el padre aun mas preocupado.
- Si, bueno, ayer...—Jonás no sabia que decir a su padre—estuve hablando con el...
- ¿Y por que hablabas con el?
- Papa, no te preocupes, no ha pasado nada, fue un malentendido—intento explicar Jonás.
- ¿Que no me preocupe? ¡Acaba de solucionarse nuestro futuro y de pronto te yama un oficial de la Oficina Zero,Jonás! ¡Que no me preocupe!
- Padre, ese hombre quiere que vaya a la universidad, como tu... y seguramente me ayude a conseguirlo.
Amittay miro seriamente a su hijo. No sabia si creerle o no.
-¡Vamos! Vistete deprisa. Ya me contaras de camino—dijo el padre saliendo del dormitorio.
Jonás salto de la cama y fue corriendo a la ducha. Diez minutos despues entro en la cocina, donde estaban sus padres hablando de la notificacion. Amittay intentaba quitarle importancia ante Debora. Al entrar Jonás, los dos se cayaron. El padre se levanto.
- Vamos—dijo cogiendo su chaqueta.
Jonás fue hacia su madre y le dio un beso.
- No te preocupes, es por lo de la universidad—dijo Jonás.
Debora parecio relajarse un poco. Amittay ya estaba en la puerta. Jonás, rapidamente, abrio un biolacteo y cogio unas gayetas. El biolacteo se lo bebio de un trago incluso antes de yegar a la puerta. Amittay esperaba fuera de casa; la puerta estaba abierta y Jonás salio como un rayo. De pronto, un bulto que habia en el suelo de la caye junto a la entrada se revolvio.
- ¡Ay, buen chico, buen samaritano! Un ahora esperaria, pero mis tripas rugen como los leones del coliseo... ¡Desde tus regalos de ayer nada han podido devorar! ¡Ociosas estan mis tripas!
Amittay miro al bulto, del que salia tan solo una mano suplicante hacia Jonás. El hijo reconocio aqueya roida manta y aquel gorro de lana azul. En esos momentos Jonás estaba abriendo las gayetas. Al escuchar al mendigo, lo miro, miro luego sus gayetas y sin terminar de abrirlas se las puso en la mano al mendigo.
- ...Y otra semiya cayó en tierra fértil y creciendo dio fruto centuplicado ¡Dichosos tus ojos porque ven y tus oídos porque oyen!—dijo el viejo mendigo envolviéndose nuevamente en su manta.
- ¡Vamos, Jonás!—yamó Amittay.
Jonás fue con su padre, pero unos pasos más ayá, giró la cabeza para mirar al mendigo. Estaba devorando las gayetas.
- ¡Qué raro habla ese hombre! ¡Casi no se entiende lo que dice!
- Es un pobre viejo loco...—contestó el padre.


Mil veces quiso Jonás interrumpir el silencio preocupado de su padre y mil veces cayó. No sabía cómo explicarse, no sabía qué decirle, no sabía qué ocultar. <<Tu padre pasaría por encima de esa lámina sin mirarla siquiera>>, recordó las palabras de Winston. Y era cierto. No debía decir nada de aqueya “hoja”.
Ayí estaban, esperando de pie y mudos observando el atraque del interbloque. Cuando se abrieron las puertas, Amittay cogió a Jonás del brazo yevándole hasta los asientos del final del vagón.
- Bien, hijo—dijo Amittay mientras se yenaba el vagón lentamente—ahora cuéntamelo todo.
Jonás levantó la cabeza. Las palabras, poco a poco, le asomaban por la garganta; palabras medidas, palabras precisas, las palabras justas para confesar su trozo de verdad que fueron congeladas en sus labios indecisos por una visión desconcertante. Paseando su mirada difusa por los difusos pasajeros en la búsqueda de esas palabras, lo encontró a él.
- Habla hijo—le apremio Amittay. Jonás miro a su padre unos segundos y, al volver sus ojos a la entrada del vagón, ya no lo vio. El androide antracita y celeste ya no estaba ayí. Jonás se revolvió inquieto en su asiento.
- Hijo—la impaciencia de su padre le devolvieron a sus ojos.
- Padre—al fin comenzó—no debes preocuparte—intentó tranquilizarle. — El otro día, mientras tomaba un café, escuché una palabra que no entendí, así que la busqué en el diccionario de la PCmesa. Fue simple curiosidad—su padre le miraba extrañado. — La cosa es que debí entenderla mal porque al poco tiempo aparecieron dos policías federales...
- ¿Cómo?—se alarmó Amittay.
- Tranquilo padre, déjame terminar—Jonás puso su mano sobre el brazo de Amittay. — La cosa es que esos hombres me yevaron a la Oficina Federal Zero, debía hablar con un tal Oficial Winston. Ni siquiera los federales sabían de qué iba aqueyo. El Oficial Winston me entrevistó y vio que se trataba de una simple coincidencia. Eso es todo.
- Entonces...—A Amittay le costaba comprender la situación— ¿Por  qué nos yama hoy?
- Porque estuvimos hablando un rato y me dio a entender que tenía… ciertas facultades o algo así. Me dijo que podría ir a la universidad...—y esto último lo dijo con cierto rubor.
- Pero... No entiendo, hijo.
- Yo todavía tampoco, padre, pero cálmate, supongo que por eso Winston quiere hablar con nosotros. Querrá...—y ahora podía verlo claramente. Sí, era él. Hacia el medio del vagón, con su visor puesto y proyectando mil sombras azuladas sobre sus ojos. Luces tenues y fugaces a través de las cuales se intuían unos ojos fijos, fijos, quizás, en Jonás.
-¿Sí?—se impaciento Amittay viéndole dudar.
- Querrá hablar contigo y comentártelo, supongo—continuó Jonás sin apartar la vista del extraño. El silencio se mantuvo unos segundos. Al fin Amittay habló.
- Hijo, ¿eso es todo? ¿Seguro?—preguntó Amittay buscando la mirada de su hijo.
Jonás debía mirar a su padre, pero sabía que perdería de vista de nuevo al androide. Aguardó unos segundos. Dudó, pero giró la cabeza y mirando seriamente a su padre, contestó.
- Seguro, padre. Eso es todo—mintió Jonás. Inmediatamente después buscó con su mirada al androide. Ya no estaba ayí.

Capítulo 9


 (Todos los Lunes trataré de publicar un nuevo capítulo)






Cerca de media hora estuvieron asi. Mudos ante la tierra. En el trono de su universo sin saber que decir. Ni una palabra servia para consolar. Ni una palabra servia para desahogarse.

- ¿Nos vamos?—pregunto al fin Isaac.
- Venga—convino Jonás levantandose.

Los dos entraron en la cabina y, con el mismo silencio metalico, bajaron de aquel trono que nada gobernaba.

Descendieron en silencio al mundo real y con silencio fueron recibidos. La noche artificial de las cupulas atmosfericas proyectaba, de forma pobre y vulgar, lo que pretendia que fuera una apacible luz de luna. Farolas de corte antiguo temblaban con luz amariyenta y Jonás e Isaac pisaban sus sombras imprecisas. Los ingenieros metereologicos, esa noche, habian decidido impulsar los aires y la tristeza a velocidad de brisa. Todo era tan falso y tan mezquino que los dos amigos decidieron regresar a su lugar del bloque. Ayi no tenian cupulas atmosfericas, ni farolas amariyas, ni brisas programadas. Solo era un agujero, un tunel que atravesaba trescientos kilometros de miseria. Pero ayi nadie pretendia engañarles con sensaciones artificiales. Los pobres siempre saben donde estan y quienes son. Ya podran limpiar las cayes y adornarlas, que no conseguiran arrancar la miseria de sus realidades.

Mientras esperaban la yegada del intrabloque, de pie, con la mirada fija en las puertas de entrada, Isaac al fin rompio el silencio.
- Dentro de muy poco no tendras que bajar ahi—dijo señalando el conducto vertical que yegaba hasta la pasarela 2B.
Jonás dudo unos segundos antes de hablar.
- Vayamos a tomar un cafe, quiero contarte algo – le dijo.
- Ok – contesto Isaac.
En ese momento yego el intrabloque. Los chicos entraron, se sentaron y se precipitaban al abismo en una especie de caida libre hasta yegar a la pasarela.

Bajando a tal velocidad y sintiendo como si su cuerpo se suspendiera en el aire aferrandose a las leyes fisicas, Jonás, por segundos, interpreto una traicion. Su cuerpo luchaba por quedarse con los ricos y sus artificiosas comodidades. Su cuerpo pugnaba contra la gravedad y, queriendo vencerla, elevaba su espiritu hacia la cara norte, con su brisa y sus farolas. Sintio su traicion profunda y, consternado, un pequeño trozo de su corazon deseo seguir siendo un desgraciado hijo de un pobre obrero de bloque.
Pero en ese infinito silencio deslizante, ese silencio que habitaba en la capsula del intrabloque, en ese silencio que Jonás averiguo verdadero, reconocio su destino.
Ni el silencio ni el destino pueden ser artificiales.
El silencio fue lo primero en existir. Si arrancamos todo de este mundo, si arrasamos todo el universo, si llegamos a la nada, ayi estara el silencio.
El destino es lo ultimo creado. Si olvidamos los pesares y caminamos. Si destapamos nuestros miedos, si nos despojamos de la materia idolatrada, si yegamos a la libertad, ayi espera nuestro destino.
Y pudiendo ser tan facilmente manejable el silencio, siendo tan docil y obediente que hasta un leve susurro lo gobierna, el hombre esclaviza y, tiranico, lo destierra al frio norte donde vagabundea la tristeza. Asi, igual, hacemos con el destino, que nos yega como simple vela, pero eterna, y creyendola tan pequeña, la olvidamos y la perdemos por la selvatica espesura del sur, donde vagan nuestros sueños.
Cuando muramos, para nosotros quedara el destino y para el resto, el silencio.


En la diagonal trece, junto al edificio numero 8, se encontraba un pequeño cafe donde Jonás e Isaac se veian a diario. Como en un pequeño reducto o fortin, resguardados de sus penas, se reunian ayi los amigos y escapaban durante un rato de aquel aniyo.
Jonás e Isaac entraron. Salvo Mateo, el dueño, nadie habia.
- Hola chicos. Tarde venis hoy—saludo Mateo al verles.
- Buenas – saludaron los chicos.
- Como ha ido el dia – pregunto Mateo mientras preparaba los cafes sabiendo que los pedirian.
- Pues... – comenzo Jonás sin atreverse a continuar.
- Segun a quien preguntes – termino Isaac esbozando al fin una sonrisa.
- Pues que hable primero el del dia malo, ¡asi podremos olvidar lo malo con lo bueno! – dijo jovial Mateo.
- A mi padre no le han renovado y yo aun no tengo trabajo—contesto tajante Isaac.
- Pues si, es mala noticia—dijo Mateo poniendo los cafes delante de los chicos.—Lo siento hijo, ¡pero no te preocupes, ya veras que el señor Ameral te yama! –intento animar Mateo.—Y ¿tu, Jonás?
- Bueno...—A Jonás le dio cierto reparo—a mi padre le destinan a La Luna.
-¡Anda!—se sorprendio Mateo.—¿Y eso?—Jonás se encogio de hombros.
- Ni idea. Ninguno lo esperabamos...—Jonás no supo como explicarse.
- ¡Enhorabuena! Al fin podreis salir de este agujero—felicito Mateo ante la incomodidad de Jonás.
Los chicos cogieron los cafes y se fueron a su mesa. Estuvieron hablando un rato sobre Isaac y sobre el estado de animo de su padre. Isaac busco consuelo en la salud de su padre. Sus pulmones y corazon estaban muy castigados por tanto trabajo en atmosfera cero. Unos años mas de trabajo le hubieran matado.
Terminados sus cafes les yego otro silencio. Miraban sus tazas, uno buscando el futuro y otro buscando palabras adecuadas.
- Isaac...—dijo al fin Jonás—No puedo desperdiciar esta oportunidad—decia mientras daba vueltas a la taza vacia—Mi padre va a tener un buen sueldo y...—Jonás cayo. Levanto la mirada hacia su amigo y reunio valor.
- Isaac, me voy a la universidad—dijo. Los ojos de su amigo se abrieron de par en par. Su rostro, yeno de sorpresa, preocupo a Jonás; pero poco a poco, en los labios de Isaac se dibujo una sonrisa, una enorme sonrisa.
- ¡Venga ya! –dijo feliz.
- Si, dentro de poco hay pruebas...
- ¡Pero tio, es genial! Desde pequeño sueñas con esto—dijo Isaac encantado—¡Mateo, dos cafes mas!—dijo gritando al atareado dueño. –¿Y por que no me lo has dicho antes?—decia con visible alegria—¡Me habrias alegrado un poco la tarde!
Jonás quedo sorprendido con la reaccion de Isaac. No esperaba que se enfadara, pero tampoco creyo que se alegraria tanto. Asi se lo explico. Estuvieron hablando bastante tiempo, bromeando, riendo, animandose y consolandose mutuamente. Mateo se unio a la charla que se prolongo, a puerta cerrada, hasta bien entrada la madrugada. Bajo el aroma del cafe surgieron sueños e ilusiones. Futuros ilusionantes y yenos de esperanza que terminaron con una promesa.
Al encenderse las Luces de Dia en el bloke, en esa momentanea paz que yegaba con la luz blanca, los chicos sintieron sus corazones blandos por la profunda amistad.
- Jonás, prometeme una cosa...—dijo Isaac.
- Dime—contesto sonriente Jonás.
- Prometeme que estudiaras, que estudiaras mas que ninguno y seras el mejor. Que despues trabajaras duro, que seras alguien importante y que cuando yegue el momento... Te acordaras de nosotros. Acuerdate de tus amigos del aniyo y... Sacanos de aqui, llevanos a la Tierra.—dijo Isaac con una lagrima asomando.
Jonas les miro seriamente. Con sus manos cogio las de Isaac y Mateo y dijo:
- Lo prometo.

Cuando termino la reunion de amigos, por tres caminos diferentes se fueron. Mateo volvio a abrir el cafe y se preparo para el trabajo diario. Isaac salio a la caye y fue a buscar al señor Ameral para suplicarle un trabajo. Jonás fue a su casa, se tiro en la cama y se durmio.

Aquel fue un dia que cambio la vida de Jonás. De un solo golpe del destino se habia aclarado el futuro de sus padres y se habia decidido el futuro de Jonás.
Jonás durmio placida y profundamente, pues el sueño de los esclarecidos no puede ser de otra forma.