Léeme!: Bienvenido a las Crónicas de Ávalon Esmit. Antes de nada, comentarte que ésta historia pertenece a una Saga o Conjunto de Historias cuyo eje principal son éstas Crónicas, compuesta por tres Libros: Semiya, Siembra y Revolución. Con el tiempo, los medios y los fondos necesarios iremos exponiendo otras secciones y blogs para completar todo éste Universo con Historias como La Guerra de Arturo, Relato de un Atrapado o 30 años de Oscuridad. Si decides embarcarte en la aventura, deberías empezar, evidentemente, por el principio. En la columna de la Derecha dispones, en orden cronológico, de todos los capítulos y entradas, comenzando la Novela con La Nota del Autor: Tres Frases para Explicarlo Todo. En el cuerpo principal del Blog iré subiendo los diferentes capítulos, estando siempre el último en la parte de arriba y los anteriores justo debajo. Para terminar, comentarte que tienes la versión del blog para el móvil y, sobretodo, si estás impaciente o si quieres contribuir o patrocinar a un servidor, que por ahora no puede vivir de ésto, puedes acceder a la Librería y comprar éste Libro u otros Cuentos y Relatos, o entrar en La Sastrería y hacerte un cuento a medida

lunes, 12 de septiembre de 2011

Capítulo 11


- Tenemos una cita con el Oficial Winston—dijo Jonás al Oficial del mostrador central.
- Sus manos, por favor—les indicó éste con un movimiento vago en dirección al lector.
Jonás y Amittay posaron sus manos en sendas pantallas de plasma. Una luz verdosa y un pequeño cosquilleo recorrió las palmas de sus manos.
- Suban a la última planta, allí les recibirán—dijo el Oficial confirmando la visita.

Jonás se adelantó con algo más de ánimo que su padre que, como un viejo perdido y titubeante, seguía la estela de su lazarillo. Entraron en el elevador y Jonás pulsó la planta quince.
Con cada metro que Amittay ascendía, su inquietud se hacía más visible. Jonás, mirando a su padre, por segundos se vio a sí mismo y luchó contra aquello; luchó por que vio en los ojos de su padre el miedo a lo desconocido, con esa mirada temblorosa, con esas manos retorcidas, con esa frente sudorosa él también había subido el día antes. Aquella visión desdoblada y reflejada de sí mismo le produjo una lástima terrible, cierta amargura ante cierta cobardía asomada y, sí, por que no, en lo profundo de su alma... algo de odio. Odio a esa sensación claustrofóbica producida por aquel inmenso espacio que era su ignorancia y por ese pequeño y oscuro agujero que era su verdad. En los instantes de elevación mecánica, electromagnética y espiritual, en los segundos donde una caja de cristal encerraba a dos seres sumamente traslúcidos y los llevaba al templo de la palabra prohibida, Jonás sintió con fuerza el choque de dos sentimientos. El miedo que brillaba en los ojos de su padre, como los de un animal encerrado o llevado fuera de su selva, ese terror a lo desconocido nunca le dejaría ser un ave libre, mas allá de los metales. Percibió con dolor que su padre jamás podría elevarse por encima de la planta quince. Percibió con tristeza que su padre jamás escaparía del bloque dos, que jamás dejaría de soldar los mamparos del bloque treinta. Por muy lejos que le llevaran de allí, a la Luna, a Ninive o Jericó, Amittay era un animal orbital, sector Hispania. Eso era todo, con todo lo que es eso.
Pero Jonás... Jonás se sintió ascendido a las alturas de Casiopea, a la nebulosa de Orión, más allá, por el simple hecho de saber que lo que arriba esperaba era la sonrisa eterna de Yedra, la amabilidad y la mano rechoncha de Winston. Eso era todo lo que esperaba a su padre. Se sintió seguro, importante, tranquilo. Él ya conocía lo que su padre ignoraba. El ya sabía dónde iban. Y esto le hacía más libre que a Amittay. En esa sensación habitó durante algunos segundos y alcanzó al fin la respuesta que buscaba. Lo único que le diferenciaba de su padre era una sola cosa: Jonás no tenía miedo, Jonás conocía la Verdad.
En aquel elevador acristalado se juró a si mismo no llegar a ser como su padre. Juró rebelarse contra todo aquello que hace ser al hombre un autómata acobardado: Decidió rebelarse contra la ignorancia.

La alerta de llegada sonó despertando a Jonás de sus pensamientos. Mirando a su sudoroso padre posó su mano sobre su hombro y apretó levemente.
- Tranquilo padre, son muy amables, ya verás.
La segunda alerta, la de parada, chilló y Amittay se sobresaltó ligeramente. Las puertas se abrieron.
Allí estaba Yedra, siempre sonriente, esperándoles delante del mostrador.
- Buenos días señor Amittay—saludó encantadoramente.—Buenos días, Jonás.
- Buenos días—contestó Jonás.
- Buenos días—murmuró Amittay.
- El señor Winston les espera en su despacho, pasen—les invitó mostrando el camino con su delgado brazo.
- Gracias—dijo Jonás avanzando.
- Si necesitan ustedes algo...—les dijo acompañándoles unos metros—Agua, café... Lo que sea.
- No gracias—contestó Jonás sonriente.
- ¿Señor Amittay?—preguntó Yedra mirándole.
- No... no, gracias señorita—respondió el padre eludiendo la mirada.
- Bueno Jonás, ya sabes el camino, ¿verdad?—y Yedra se paró.
- Sí, gracias Yedra.
Padre e hijo, ya solos, avanzaron por aquel pasillo eterno. Amittay volvía a estar inquieto y se retorcía las manos. Jonás, cogiéndole, una vez más, suavemente del hombro, le guió con su tranquilidad.
- Es aquí—Jonás se paró frente a la puerta del despacho. Mirando a su padre, con un gesto cariñoso le arregló la chaqueta.
- Padre, tranquilo, es un buen hombre—Amittay, como obedeciendo a su hijo, respiró profundamente e intentó relajarse.
Jonás llamó, pero no se atrevió a abrir la puerta. Prefería esperar algún tipo de contestación. Pasaron unos segundos. No escuchó nada. Esperó. Solo silencio. Esperó más. No quería volver a llamar. ¿Y si no lo había oído? Podría esperar un poco más. Silenció.
Un ruido seco y metálico sonó en la cerradura. La puerta se abrió bruscamente. El señor Winston estaba tras ella. Agarraba el tirador con una mano y en la otra sujetaba un extraño y pequeño objeto en forma de ele. Una especie de cilindro que en su parte más alargada era estrecha y lisa y tras la doblez, se ensanchaba formando un cilindro mucho mayor con curiosos relieves.
- ¡Jonás! ¡Ya estáis aquí!—Winston miró su reloj sorprendido—¡Bien, bien, bien! Entrad, entrad—les invitó echándose a un lado.
- Señor Amittay...—dijo una vez cerrada la puerta—Soy el Oficial Winston—tendió sonriente su rechoncha mano. Amittay, dubitativo se la estrechó débilmente.
- Encantado...
- ¡Jonás! ¿Cómo estás hoy?—Jonás estrechó con firmeza la mano de Winston.
- Venid por aquí, sentaos—Les ofreció. Fueron tras él y se sentaron en los butacones del centro de la sala. En el aire flotaba un extraño aroma. Un olor a cierta sustancia quemada, un agradable olor que se deslizaba por todo el despacho. Jonás lo percibió y mirando a su alrededor observó como cierta neblina suave se movía lentamente por el techo.
- ¿Se ha quemado algo?—preguntó Jonás aprovechando para romper el hielo.
- ¡Oh, no, no!—sonrió Winston. — Es...—dijo alzando el extraño objeto. —Bueno, da igual—con un gesto de su mano libre quitó importancia y con la otra depositó el objeto en la mesa.
Padre e hijo miraron por segundos el objeto. Luego, Amittay bajó su mirada esperando y Jonás miró a los ojos de Winston.
- Señor Amittay—comenzó Winston. Jonás miró a su padre, pero milésimas de segundos antes le pareció ver que Winston le guiñaba un ojo.—He querido que venga usted también porque todo esto debe una explicación—Amittay miraba confuso.—Bien, bien, bien... Este chico es un curioso. Mi padre me solía decir que la curiosidad mató al gato...—Amittay pareció alarmarse—Pero no es el caso. En la Cafetería Navío saltó una alarma federal de grado uno, eso significaba que de cierta forma se estaba intentando acceder a información Comunitaria restrictiva, información sobre seguridad federal a la que no se puede acceder sin ciertas etiquetas y protocolos que son supervisados...—Winston paró lentamente. Amittay, con los ojos semicerrados intentaba encontrar alguna frase que pudiera entender. Winston comprendió.—Bueno, Señor Amittay, esto que le digo es palabrería. En resumidas cuentas, lo que ocurrió es que, por casualidad o error, Jonás buscó una palabra que coincidía con cierta clave de Seguridad Comunitaria. Eso está prohibido y es un delito—Amittay se puso tenso—siempre y cuando esa búsqueda pretenda algún fin malicioso. Pero éste no es el caso. Cuando me trajeron a Jonás y pude entrevistarle, enseguida me percaté de que todo era un error. Simple curiosidad de un chico despierto. Eso es todo. Ni delito ni castigo—y Amittay respiró tranquilo.
Tras una breve pausa, Winston se acomodó en la butaca y continuó.
- ¿Sabe? Mi padre también me decía que el destino está escrito en las estrellas y es imperturbable. Me dediqué durante mis años de juventud a averiguar si la primera parte era cierto... ¿Y sabe a qué conclusión llegué? Que mi padre sólo tenía razón en la segunda parte. Las estrellas son estrellas, nada más. Da igual que el ascendente de Orión coincida con la Luna en tu nacimiento, nada aportará ni a tu comportamiento ni a tu carácter. Las estreyas están ahí, eso es todo lo que hay que saber y eso es todo lo que se sacará. Pero, sí, creo que mi padre tenía razón en algo, creo que el destino está escrito, en alguna parte, que por cierto todavía no he encontrado, y que como las estrellas, es imperturbable. Eso sí que lo creo.—Amitay volvía a estar perdido entre tantas palabras—Señor Amittay, llevo años buscando a alguien, a un chico de procedencia humilde, que tenga una cabeza despejada y despierta, que reúna ciertas facultades... Y todo para poder demostrar algo a ciertos entes federales que se obstinan en ideas obsoletas. Cuando más alejado me encontraba de cumplir mi plan...—Winston, callado, miró unos segundos a Jonás—Apareció su hijo. Le entrevisté y me llené de ilusión al ver su inteligencia y sagacidad, así que decidí mantener otras entrevistas con Jonás. Nada más irse ayer, recopilé toda la información disponible sobre Jonás. No es mucha, las personas de su clase económica no suelen generar muchos informes, pero entre aqueyos datos que conseguí apareció algo. Apareció un nombre. El nombre de alguien que siempre admiré. El nombre de alguien que nunca olvidaré—Amittay pareció inquietarse—porque me enseñó cosas que me abrieron los ojos. Fue mi profesor y mentor en la Universidad Global de Nínive. Ese nombre es el del abuelo de Jonás. El profesor Esmit. Solomón Esmit.
Los ojos de Amittay cobraron vida brillando como centeyas tras escuchar ese nombre. Jonás quedó perplejo, nunca antes había escuchado tanto sobre su abuelo. Nada sabía de él y nada sacó nunca a su padre. Como el fantasma, ese nombre casi olvidado resurgía de la muerte y agitaba sus pasiones revolviendo el polvo de un pasado prohibido y amargo.

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