Léeme!: Bienvenido a las Crónicas de Ávalon Esmit. Antes de nada, comentarte que ésta historia pertenece a una Saga o Conjunto de Historias cuyo eje principal son éstas Crónicas, compuesta por tres Libros: Semiya, Siembra y Revolución. Con el tiempo, los medios y los fondos necesarios iremos exponiendo otras secciones y blogs para completar todo éste Universo con Historias como La Guerra de Arturo, Relato de un Atrapado o 30 años de Oscuridad. Si decides embarcarte en la aventura, deberías empezar, evidentemente, por el principio. En la columna de la Derecha dispones, en orden cronológico, de todos los capítulos y entradas, comenzando la Novela con La Nota del Autor: Tres Frases para Explicarlo Todo. En el cuerpo principal del Blog iré subiendo los diferentes capítulos, estando siempre el último en la parte de arriba y los anteriores justo debajo. Para terminar, comentarte que tienes la versión del blog para el móvil y, sobretodo, si estás impaciente o si quieres contribuir o patrocinar a un servidor, que por ahora no puede vivir de ésto, puedes acceder a la Librería y comprar éste Libro u otros Cuentos y Relatos, o entrar en La Sastrería y hacerte un cuento a medida

martes, 20 de septiembre de 2011

Capítulo 12


            - Señor Amittay, usted bien sabe que esta sociedad no es del todo justa. Nunca lo fue y no lo es ahora. Yo quiero luchar contra eso. No puedo ni comprender ni aceptar que personas con talento, con facultades, con inteligencia, por el simple hecho de pertenecer a un gremio o a una estirpe, queden condenadas al ostracismo. Su padre fue un gran hombre y los grandes hombres cometen grandes errores, usted bien lo sabe. Solomon Esmit cometió graves errores, pero siempre acertó en la finalidad de su idea. Quería lo mismo que quiero yo. Que todos y cada uno de nosotros podamos elegir nuestro destino y, para eso, que todos tuviéramos las mismas oportunidades. Donde falló el abuelo de Jonás fue en el método, en la forma anárquica y pasional con la que quiso convencer o, más bien, chantajear a la Asamblea. Su impaciencia y también su admirable obstinación, su abnegación por su causa aun a costa de su familia, fue su perdición. Pero usted ya sabe todo esto. Suelda los mamparos y seguramente odie a su padre por ello. Pero luego llega a casa, ve a su hijo, un chico voluntarioso, listo y atrevido y... recuerda el sueño de su padre. Usted sabe que en el fondo llevaba razón. Jonás estaba abocado a la atmósfera zero. A la expansión pulmonar. Al sabor amargo del Oxigeno adulterado. A un salario de grado uno. A familia unifilial. Amittay, usted tiene el corazón destrozado por saber todo esto, porque ya lo ha vivido.
            Winston guardó un prolongado silencio. Pudo ver en el rostro descompuesto de Amittay la aprobación resignada de sus palabras. Jonás miraba a ambos e intentaba entender lo que  Winston había dicho de su abuelo. Winston, dando unos pasos, se dirigió a su mesa, cogió un MDisc y, con las manos cogidas y las piernas cruzadas, se apoyó sobre la mesa de madera.
            - La Asamblea ha aprobado un proyecto que durante muchos años llevo preparando. Su nombre en clave es Proyecto Rousseau. Al fin, hace escasamente un año, me dieron luz verde. Desde entonces ando buscando a un joven que reúna ciertas condiciones sociales y que posea unas aptitudes especiales. Hasta ayer mi búsqueda había sido frustrante. La escasez de jóvenes aptos, imaginativos y despiertos es altamente preocupante, pero eso no hace más que confirmar mi teoría. Pero aquí está Jonás—y Winston, señalando con la mano a Jonás, volvió a sonreír después de mucho tiempo. —El es ese chico que yo buscaba. Un chico cayado y pensativo, dado a los paseos en vez de al flybal, aplicado en el instituto, que se intriga por aquello que desconoce, que se atreve a investigar y que llega hasta mí por simple casualidad. Sólo necesito su aprobación, señor Amittay, y Jonás tendrá acceso a la mejor Universidad Global, la de Nínive, para poder desarrollar sus facultades y afrontar la vida y este mundo injusto con las mismas oportunidades, dificultades y facilidades que los ricos pueden dar a sus hijos. Sólo su huella grabada en este documento—y Winston alzó el MDisc que había cogido.
            - Pero antes, señor Amittay, debe saberlo todo. Quiero que entienda todo lo que conlleva el Proyecto Rousseau, pues debe saber que tendrá cierto precio, no monetario, sino familiar. Para que el proyecto transcurra de una forma natural y poder así demostrar las hipótesis que plantea, debemos desligar a Jonás de su estatus social, de su posición económica, de su educación marginal y... de su familia.—Amittay levantó rápidamente su mirada. Sus ojos se clavaron en Winston. Jonás, a su vez, miró a su padre pareciendo no comprender que quería decir Winston.
            - Sí, Señor Amittay. Sí, Jonás. El precio que tenéis que pagar será estar cinco años sin poder veros y teniendo tan solo la dispensa de tres conexiones. Ese es el precio de tu libertad. El precio de tu futuro más allá de las soldaduras. Para que el Proyecto Rousseau tenga sentido, el joven en cuestión debe ingresar de forma anónima en la sociedad.  Sabiendo los orígenes pobres y obreros, sabiendo su procedencia orbital, conociendo la verdadera identidad de Jonás, todas aquellas puertas que debe abrirse le cerraran sin preguntarle siquiera. No podrá estudiar en igualdad de condiciones. Los profesores no aceptarían su procedencia o le tratarían de distinta forma. No podemos permitir que esto ocurra. Debe ser uno más y, sabiendo que Jonás es el hijo de un obrero de Bloque, que ha vivido en la pobreza, que su familia no es más que una más del Túnel, Jonás sería, con casi total probabilidad, marginado por sus compañeros de estudios, por sus profesores y por la sociedad de Nínive. Esa es la verdad, y contra eso estamos luchando. Contra esa injusta marginalidad que ciñe su lazo en el cuello de los desfavorecidos.—Amittay estaba hundido en su sillón. Escuchaba cada palabra de Winston y se convencía a sí mismo que el precio a pagar era extremadamente alto; pero también comprendía que no había otro medio
            --Señor Amittay, quiero hablarle ahora de los beneficios. Pues también los tiene. Si el Proyecto Rousseau transcurre por los parámetros establecidos, si Jonás avanza de forma normal en sus estudios, si conseguimos que Jonás se licencie, y si después de licenciado, durante dos años más demuestra su valía de igual a igual en la profesión que elija, la Asamblea Global dará luz verde a una nueva ley, a la Ley de Derecho educacional. Señor Winston, esta ley es mi sueño y fue el sueño de su padre. Esta Ley implantará un nuevo sistema educativo que será estrictamente controlado y supervisado, pero que ofrecerá a cualquier chico, la misma educación allá donde esté. Aunará las dos corrientes establecidas, la educación práctica del obrero y la educación teórica del Licenciado. Su hijo se convertiría en un pionero. Por decirlo de una forma, de un liberador. El precio es alto, Señor Amittay, pero la recompensa, un mundo más justo, es mucho mayor.
            >>Ya lo sabe todo, Señor Amittay. Solo queda por decirle que para no hacer demasiado drástico el paso, lo primero que haremos será preparar a Jonás. Yo mismo le impartiré las clases necesarias, le enseñaré lo que debe saber y le ayudaré a formar su cabeza para superar sin problema alguno el examen de aptitudes. Tendrá la misma preparación que cualquier chico de Nínive. Por otro lado, sabiendo que es muy difícil separarse de su familia, como ya les he dicho, a Jonás se le permitirán tres conexiones, una por año los tres primeros años, pero ninguna en los dos últimos años del proyecto. Trascurrido ese tiempo y una vez que se resuelva la aceptación o no de la Ley, Jonás podrá retomar el contacto de la forma en que desee. Incluso llevándoles a ustedes Nínive, junto a él. Solo cinco años. Cinco años sin ustedes, pero sepan una cosa, Jonás nunca estará solo, de eso me encargaré yo.
>>Ahora, Señor Amittay, es el momento de decidirse. Aquí le dejo esto—Winston metió el Mdisc en un lector—Contiene todos los permisos necesarios y la documentación pertinente para el ingreso de Jonás. También incluye la asignación económica para Jonás y, lo más importante, la nueva identidad de Jonás, con su pasado falso y su procedencia falsa. Lo único que falta es su huella.—Winston se dirigió a la puerta.—Les dejaré ahora un rato solos. Hablen y decidan qué es lo mejor para Jonás.—Winston abrió la puerta.
-No hace falta hablar nada—dijo de pronto su padre.—Usted lo ha dicho—Amittay se levantó, miró a Winston seriamente, después miró a su hijo.—Es lo mejor—Y Amittay posó su dedo sobre el lector.
-Papa...

***


Estaban solos. Amittay se había marchado con paso decidido y silencioso. Solo le importaba saber que su hijo podría ser feliz, Lejos del Bloque 2, lejos de su Túnel, Lejos del Anillo Orbital.

            El silencio, aliado con aquella niebla de olor agradable que aún persistía, envolvió el despacho. Allí estaba Jonás, sentado todavía en la butaca, confuso, perdido, sorprendido, asustado, esperando, simplemente esperando palabras que rompieran aquel eterno, muy eterno silencio.
            Winston estaba de pie delante de uno de los grandes ventanales. Callado, pensativo, mirando al suelo, con un brazo sobre el pecho y con el otro acariciándose la barbilla. Finalmente alzó la mirada; traspasó con sus ojos los cristales y viajó trescientos kilómetros por el espacio. De pronto, dando media vuelta, miró fijamente a Jonás.
            - Jonás, trae esa butaca aquí—Jonás se sorprendió. No reaccionó.—¡Vamos!—le instó Winston.
            Jonás obedeció. Cogió la butaca y la arrastró hasta Winston. Éste, sujetándola por el respaldo, la colocó mirando al exterior.
            - Ahora siéntate.
            Jonás, mirando extrañado a Winston, se sentó lentamente.
            Allí, inmenso, entre sus vapores, aquel ente submarino, aquel leviatán obsesivo se mostraba en plenitud; se dejaba acariciar, se dejaba tocar... se dejaba cazar. Era La Tierra.
            La magia robó unos segundos a la palabra e hipnotizó a aquellos dos pescadores.
            - “Quien tenga oídos, que oiga”—dijo pensativo Winston.—Alguien lo dijo una vez, Jonás, y casi nadie le escuchó—hubo un silencio.—Jonás, es preciso que tú me escuches.

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